Sobre el filo de la espada del samurái

samurai

Juan Jovel (publicado en El Nuevo Diario, Nicaragua, 2007)

Dada la complejidad del escenario político nicaragüense, resulta sumamente difícil escribir al respecto. Sin embargo, resulta más difícil dejar de hacerlo. El cambio de marea planteado por el retorno del Frente Sandinista al poder ha despertado pasiones encontradas que generan la controversia indispensable para el fortalecimiento de la dialéctica y el pragmatismo, requeridos para el análisis y la solución de problemas complejos.

En medio de tan enmarañado escenario, aparecen conspicuas las figuras de Daniel Ortega y de su compañera Rosario Murillo. Bajo su luz se opacan desde el vicepresidente y los ministros hasta los diputados y alcaldes. Ellos ostentan un innegable liderazgo dentro de las filas de la fracción ortodoxa del Frente Sandinista, porque también existe la fracción renovadora, quienes, quizás pensarían Sandino y Carlos Fonseca, tienen el mismo derecho de ser llamados sandinistas. Sin embargo, Daniel y Rosario no constituyen el gobierno, solamente lo lideran. Así, los aciertos y desatinos en la gestión gubernamental actual establecen méritos y responsabilidades compartidas.

Las críticas no se han hecho esperar, y que bueno que así sea. Sin embargo, es notoria y legítima la aversión de ciertos sectores hacia la pareja. Lo que no parece legítimo, al mismo tiempo que se les critica, es dejar de reconocer las acciones que se están realizando a favor de los pobres. Cómo dejar de conmoverse ante la iniciativa de eliminar los megasalarios, cuando esto ha sido una ofensa bochornosa para todos los humildes que compiten en franca desventaja.

Sin pretender justificar el manejo truculento de instituciones claves como el Poder Judicial y el Consejo Supremo Electoral, hay que reconocer que Daniel Ortega camina descalzo sobre el filo de la espada de un samurái. Por un lado, su estigma izquierdista lo condena al rechazo perpetuo de los Estados Unidos y los países alienados a éstos, quienes, quiérase o no, más que jugadores regulares son árbitros y accionistas del equipo. Que bueno que Daniel, finalmente, comprendió esto. Por el bien de los oprimidos en Nicaragua, las cosas en política deben resolverse con el cerebro. Por el otro lado, sus principios ideológicos lo obligan a mantener relaciones cercanas con sus camaradas Fidel Castro y Hugo Chávez, quienes ciertamente han demostrado voluntad de ayudar, no sólo a Nicaragua, sino a todos los pobres de América Latina. Políticamente desinteresada o no, esta ayuda es algo que Nicaragua no está en posición de rechazar. No obstante, la soberanía y el derecho a la autodeterminación no son negociables, y Chávez y Fidel, más que nadie, deben estar claros de ello.

El Gobierno debe cabildear con una Asamblea Nacional constituida por diputados que, con marcadas excepciones, han sabido colocar sus intereses personales y políticos muy por encima del bien común. La Asamblea Nacional, en lugar de ser la instancia legislativa prevista, constituye el campo de batalla de los partidos políticos. Sin embargo, el que tiene la sartén por el mango impone las reglas del juego. Es difícil actuar apegado a derecho cuando las leyes y reglamentaciones se han creado y manejado con discrecionalidad y a conveniencia de las clases dominantes. Será también casualidad que la mayoría de las medidas de ajuste estructural implementadas en los últimos años han afectado grandemente a los humildes y ni siquiera rozan a los poderosos. Las reducciones en inversión social resultan infames en la ausencia de medidas estrictas contra la corrupción. Ésta parece ser la justificación que el sandinismo ha encontrado para convencerse de que, en aras del bien común, bien vale la pena cercenar un poquito la institucionalidad y la legalidad.

Daniel y Rosario también han tenido que convertirse a la cristiandad, aunque para hacerlo se comunican con Dios a través de un emisario de dudosa reputación. ¡Como si Dios no estuviera anuente a charlar directamente con sus hijos! También han tenido que ser condescendientes y comprensivos ante el oprobio y otorgar indulgencias a lo descosido y hasta asignar el país por cárcel. En este particular, dado que constituye una ofensa manifiesta al pueblo, ojalá que los frutos de tan arriesgada jugada política se traduzcan en reivindicaciones sociales para los menos privilegiados, y no sólo en asignaciones de cuotas de poder. De no ser así, se habría reafirmado, una vez más, la fina y quebradiza frontera que separa al pragmatismo del cinismo. Tristemente, dado que no se vislumbran más opciones inmediatas, cada quien tendrá que escoger entre el manejo espurio de la institucionalidad, esperemos que a favor de la clase trabajadora, y el continuismo de la corrupción legalizada. Esperemos que la democracia participativa prometida llegue a materializarse y reformas estructurales sean implementadas sobre bases filantrópicas carentes de mezquindad e ignominia, para que ya no sea necesario manipular las leyes en lugar de implementarlas.

Sin el ánimo de establecer comparaciones absurdas, siempre recuerdo lo que un amigo alemán decía, satisfecho de la forma en que su gobierno garantizaba el futuro de sus seis hijos: “Nuestra suerte es haber tenido padres sabios que crearon una constitución robusta y magnánima”; ojalá llegue el día en que los nicaragüenses puedan afirmar lo mismo. Tomás Moro acuñó el término “utopía” pensando en una isla desconocida donde pudiera establecerse la organización de la sociedad ideal, esa isla puede estar en cualquier parte, incluyendo Nicaragua.

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