Crónicas de viaje 2019

gaviotasPor Juan Jovel

Impertérrito ante el tiempo, e igual de impasible ante los avatares humanos, el mar ondea y con su fuerza azota insoslayable. El reventar de las olas se oye mágico, en la madrugada, al quedarse a dormir en la costa, y despertar a contemplar la noche por unos minutos antes de seguir durmiendo. Se siente uno frágil ante el vendabal marino cuando las olas se desparraman en la costa cual alud de nieve. Y como para impartir la justicia tan anhelada entre los humanos, el mar ondea de la misma forma para ricos y pobres, para negros y blancos, para creyentes y herejes: lo mismo en las costas de Burundi o Somalia, que en Los Cayos Misquitos o en las playas de arena blanca de la Florida. ¡Quizás por eso me gusta tanto!

En Las Peñitas, bien temprano en la mañana, tomo mi café caliente, a sorbos pequeños y lentos ‘pa no quemarme el hocico’. Mi mirada se clava en lontananza y una brisa fresca me invade el alma, pienso en la fortuna y en el infortunio. En la mala suerte de los peces chicos cuya única función en la vida es alimentar a los peces más grandes. Es injusto que los peces pequeños no puedan vivir mas tiempo y disfrutar de las maravillas del mar, pero muy difícilmente esa situación cambiara con el tiempo, porque brinda estabilidad al sistema. Es ajeno a la bondad y al mal. En los humanos ocurre lo mismo. Algunos nacen o se desarrollan con muchos mas recursos para competir, sobrevivir y acumular riquezas, mientras otros tienen grandes problemas para alcanzar un nivel básico de sobrevivencia. Que los más aptos se aprovechen de los más vulnerables es natural, pero es contrario a la retórica altruista del ser humano y evidencia nuestra profunda hipocresía. En los animales, es improbable que los tiburones sientan compasión por los peces pequeños y decidan comerse sólo a los mas viejos, o comer algas. Nada de eso está en la naturaleza del tiburón. En los humanos, por el contrario, el pensamiento racional es posible y la solidaridad de los más afortunados hacia los más vulnerables es lo único que puede llevarnos a un mundo más justo. El hombre que únicamente piensa en acumular riquezas para si mismo y los suyos, no ha entendido ni el principio de la película. “La vida no vale nada si no es para perecer, porque otro pueda tener, lo que uno disfruta y ama”.

Esta vez aterrizamos en Comalapa, y el primer espectáculo fue encontrarnos con una muchedumbre bloqueando totalmente la puerta de salida del aeropuerto. Supongo que debe haber ahí 25 familiares esperando a cada pasajero que llega. Lo bueno es que no venden nada. Un par de horas más tarde estábamos en San Gerardo, mágico como siempre. Amigos que se reúnen en la rueda de la carreta a conversar. Ventas de pupusas, de mangos verdes, y de helados por doquier. Sólo estuvimos un par de días antes de enrumbar a Nicaragua, pero fue suficiente para disfrutar tamalitos de elote, y de gallina, y pizques con huevo duro y cuajadita de donde cucaracho. Pollo campero. Manguitos verdes con sal y chile donde la Hilda, cocos tiernos, coyoles que crecen a la orilla del rio… en fin, allí hay que cuidarse de no engordar en proporciones industriales durante los primeros días. También pude ir al Pilón, caminando con Noe, el hijo de mi hermano, y recordar este querido caserío. Algunos pobladores todavía me recuerdan.

De ida para Nicaragua, nos dejó la Ticabus, así que tuvimos que irnos transbordando buses, lo cual fue mucho más entretenido pues íbamos escuchando toda suerte de conversaciones, de las cuales quizás pueda creerse la mitad.  Llegamos a León con la emoción de siempre, la ciudad no pierde su magia. Una hora después de haber llegado, mientras esperábamos que nos alistaran el vehículo rentado, nos fuimos caminando al parque central, a comer raspados de leche con tamarindo, a comprar pulseras de hilo, y por supuesto, a comprar un chip local para el teléfono celular, y ponerle saldo. Estuvimos nueve días allá. De ellos, yo fui a nadar al mar en ocho ocasiones. Siempre andaba una calzoneta mojada en el asiento trasero de nuestro vehículo. Hubo oportunidad de ver a muchos amigos: al apache Ronald, al comandante Chico Pérez, a Silvio, a Denis, Noel, Edgar, Jairito, Nito Pirinola, a Edith, Adda, Sandra, Claudia, Clarissa, Magda y un pijazo de gente más.

Fuimos a pescar al mismo rio de siempre con Jairito y agarramos muchas sardinas sin mucho esfuerzo. Con tristeza, descubrimos que ahora los campesinos han adoptado la práctica de tirarle plaguicidas agrícolas al rio, para matar al camarón y sacarlo fácilmente, matando así sus larvas y muchas otras criaturas susceptibles en el ecosistema del rio. El hombre, otra vez, saca su navaja afilada y se la clava justo en la yugular. También fuimos al campo “La Victoria” a bolearnos y a fondear bolas de beisbol. A comer al Rancho de Don Pepe, al Lobito, a Caña Brava, a Monteserino, a la Barca de Oro, al Sopón, al Suyapa, y a un restaurante italiano de Las Peñitas, que se llama Puesta de Sol, donde cenamos con mi hermana y mi cuñado, se los recomiendo. Un lugar muy agradable, rompe el hielo en la monotonía de ranchos de Las Peñitas. Pero también logramos comer nacatamales, carne en vaho, carne asada del mercado (la mejor). Sólo nos faltaron los quesillos, pues no fuimos a La Paz Centro ni a Nagarote. Fui a visitar muchas veces a mi amiga Luisa Emilia, y aunque ya no le compro guaro como antes, nos pasamos buenos momentos hablando pendejadas. Pude saludar a muchos vecinos de mi antiguo barrio también. Como hago siempre que visito León, camine por sus calles buscando pordioseros para compartir con ellos un poquito de lo que la vida nos ha regalado.

De regreso a El Salvador, la puta Ticabus nos volvió a dejar: no le dio la gana pararse donde nos dijeron que la esperáramos (valiendo verga con el busito este). Tuvimos que aplazar nuestro regreso un día más, y por ello volvimos a irnos transbordando busitos hasta la frontera de El Amatillo. Debido a las elecciones presidenciales, no había transporte colectivo en El Salvador. A cambio de algunos dólares, un chavo nos hizo el favor de llevarnos desde la frontera hasta un hotel en San Miguel, donde descansamos muy rico. Por este percance, no pude votar en las elecciones presidenciales, pero no creí que votar (o no votar) hubiese hecho diferencia alguna. Ya ese arroz estaba cocinado.

De regreso a San Gerardo volví a visitar el centro cultural la rueda de la carreta. Por ahí me encontré a Noelito Lovo (alias El Pimpollo), quien de casualidad andaba buscando con quien chupar; llegó también el Chimichanga, procedente de otra chupadera; Adan Chivo (el ñeco); Careca, Chichudo, el Chocho y otros amigos más. Fue agradable volver a verlos a todos. Siempre que hay estas reuniones de viejos amigos, me doy cuenta de que uno no debe sentirse triste al momento de las despedidas, porque siempre habrá un reencuentro, mientras Dios nos preste vida dice la mara.

Finalmente tuvimos tiempo de dedicarnos un poco a la familia y dar una vueltecita por La Libertad, a los balnearios de San Blas, El Tunco, El Sunzal y el Puerto La Libertad. La parte que más me gusta de estos viajes es cuando todos nos quedamos a dormir en la misma casa. Tengo el sueño de un día construir una casa grande en una finca, con muchas habitaciones, para que amigos y familiares puedan llegar ahí a descansar y a divertirse. Algún día… algún día compartiremos lo poco que la vida nos dé.

Como siempre, inexorable se desliza el agua de la clepsidra, y pronto fue hora de partir con rumbo norte. Al frio del Ártico. No hubo lamentos, sólo buenos recuerdos. Cada viaje a Centroamérica es mejor que el anterior. Seguimos siendo esa parte del mundo donde la vida tiene un sabor diferente, de hecho tiene mucho mas sabor. Donde los arboles se doblan sobre la carretera para dar sombra a los transeúntes. Donde hombres y mujeres de todas las edades salen día a día a las calles, sin más armas que una sonrisa en los labios, a buscar el sustento de su prole. Yo me armo de su optimismo para regresar a mi trinchera y continuar mi vida también con una sonrisa en los labios, hasta que la vida nos depare otra oportunidad de ir por allá.

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